sábado 28 de noviembre de 2009

EL ÁRBOL DE LA AHORCADA

VI ese roble americano decorado con ramilletes de flores de plástico el otro día, cuando fuimos a Legate. El amigo con el que iba no sabía a qué podía deberse. Era, es, "el árbol de la ahorcada".
Hace unos meses, cuando encontraron ahorcada a aquella mujer, lo primero que hicieron fue llamar al sanatorio psiquiátrico vecino a ver si faltaba alguien. No, no faltaba ningún interno. Se trataba de una inmigrante ecuatoriana. Su marido padecía depresiones, dicen, cuentan, aunque no sepan, no se acuerden, no digan . “Ah, no sé” o “No te diré” son las apostillas favoritas: "Donde las lenguas permanecen enrolladas como bajo las llamas lo pabilos", escribe Seamus Heaney; como añaden que era una persona querida en el pueblo. Es mucho decir. Siempre cuando es tarde y lo que digas no compromete a nada. Un misterio. Un drama de desarraigo, climatología adversa, vida difícil que se consuma en una esquina de un basurero frecuentado por gitanos chatarreros, comido por las zarzas, al borde de un camino que enseguida cerrará un campo de golf.

viernes 27 de noviembre de 2009

TANGER BAR

LA fotografía la tomé ayer noche en San Sebastián. Hacía frío y por el centro de la ciudad no se veía un alma. Los escoltas de la persona que me había invitado a dar una conferencia andaban de pasos perdidos en la acera. Mi hermano y yo regresamos a casa, en nuestra “petite auto”, hablando de la época nueva que nos ha tocado en suerte. Ninguno de los dos somos Apollinaire ni estamos movilizados, pero ambos por razones distintas en la forma y parecidas en el fondo tememos las verdaderas consecuencias de la crisis y sabemos que nada va a ser como antes, como entonces sobre todo.
Y por lo que se refiere a esa puerta cerrada, anacrónica, superviviente de un tiempo más sombrío para unos que para otros, copio de un dietario inédito del año 2006-2007:
"San Sebastián, de noche, huele a Tanger Bar, para mí, claro, si de hablar de la novela que publiqué en 1986 se trata. Si hablamos del presente, habría que hacerlo del olor a fuego, a pólvora, a miedo. Algo que viene de lejos.
Un domingo por la tarde, de invierno, San Sebastián es una ciudad en apariencia muerta o así se tiene la tentación de verla, en la que no te queda más remedio que errar de un lugar a otro, sabiendo que es improbable que te encuentres con nadie de entonces. ¿De cuándo? De entonces, de cuando te inventaste tus días de la vida.
Si les copains de ces temps-là vivaient parfois.
No más inventos. No hay camaradas de aquel tiempo. Por no haber, no hay ni tiempo, más imaginado que de verdad vivido.
El bar Tánger era esta tarde una verja metálica cerrada y San Sebastián, una ciudad en la que se urdió un mundo novelesco: noches de Altxerri y de Zorongo, noches de conversaciones con un fondo de jazz –Thelonious Monk, Charlie Parker, Archie Sheep...–, whiskys en el Guria, en el Museo del whisky, andanzas en lugares como La Cantábrica. Todo eso ha pasado ha mejor vida, con la mayoría de sus protagonistas. Descubrí el Bar Tánger en septiembre de 1980. Eran los días del festival de cine. Estaba sentado en la terraza del Guria, charlando con el escultor Remigio Mendiburu, y con Pedro de la Sota y de pronto vi el rótulo del bar, en la esquina de las calles Oquendo y Bengoechea, donde sigue abriendo sus puertas. Le dije a Remigio: “Un nombre como de Modiano”. Me preguntó quién era Modiano. Le expliqué quién era para mí entonces Modiano. Él me contó de que en aquel bar, durante el franquismo, se reunían policías de la Brigada Político Social, la que siempre anduvo mezclada con el hampa de la frontera, que ha sido una constante hasta hace nada, como bien saben los que lo han trabajado y sacado beneficio en ese negocio sucio. La realidad o una parte de la realidad la supe años después, una vez publicada mi novela. Me había equivocado de historia. Me llamó una mujer mayor y me contó que en ese bar, después de la guerra, se compraban favores los policías y la gente del gobierno, y en 1940 los judíos que habían logrado pasar la frontera se hacían con salvodonductos a precio de oro. Algunos tenían dinero y podían aguantar en el María Cristina, otros escapaban como podían, ante la ceguera insultante de quienes encima se permitieron el lujo de escribir la crónica parcial de aquel éxodo, como si fuera la de una salida de una corrida de toros y veían barbas y balandranes y hasta miradas insultantes en medio del caos. ¿Qué mirada insultante puede tener un judío que escapa de una muerte cierta? La misma ceguera y bellaquería de sus devotos que aplauden la faena. Si nos asomamos a las páginas que sobre lo mismo escribió Franz Werfel veremos que aquel éxodo fue un horror. Ahí fue cuando Carl Einstein se dio la muerte.
El antisemitismo estaba en el aire, hecho "cosa de los tiempos", sin más. Quienes lo ejercieron lo ocultaron. Sus herederos también, para bien del propio negocio, de la imagen. Eso sí, en privado (...) se puede decir que el Holocausto no fue para tanto, se puede ser xenófobo, autoritario, sacar el verdadero rostro a pasear, el de la tara genética familiar, esto es el de la mentira constitutiva, un rencor viejo que tiene que ver con la vida tramposa, con el fracaso en todo lo emprendido".
Tánger Bar. San Sebastián. Una tarde de domingo de enero de 2006, antes de regresar al otro lado de la frontera, con el ruido bronco de la marea alta y la resaca, una de las peores músicas de fondo que conozco para los negocios de la memoria, y después de haber oído cantar en una venta fronteriza la canción de Germaine Montero: Hardi les gars, vir au guindeau!... Et nous irons à Valparaíso!

LAS COSAS


DE BOCA A OCA, DE JAVIER MINA

AYER estuve en San Sebastián hablando sobre Malcolm Lowry, de lo que creo que son sus logros literarios -el grandioso capítulo final, por ejemplo- y de la desconfianza instintiva que siento hacia el malditismo como atractivo y reclamo literario.

Pero eso me permitió visitar la última exposición de Javier Mina, recién inaugurada en la gambara del Centro Koldo Mitxelena con el título "De boca a Oca". Una exposición que tiene como centro el juego de la oca y algo más que el juego de la oca. El diseñador del montaje, alegre y luminoso, ha sido Javier Balda, un estupendo pintor, navarro, como Mina.

Javier Mina escritor, novelista y ensayista premiado con justicia, articulista de prensa (cuando le dejan y sin proponérselo contenta al amo de turno hasta que deja de hacerlo y acaba en la calle), pintor, fabricante de juguetes primero y coleccionista después, autor de tebeos, cocinero, caminante infatigable, currela para todo, comprometido en política mucho antes de que los demócratas de toda la vida se hicieran con el escenario y con la caja registradora, jugador de rugby, actor de teatro en una Pamplona en la que la Brigada Político Social hacía acto de presencia en todos los actos culturales y en compañía de una gran actriz que también traje a esta página cuando me la encontré meses pasados en Cochabamba: Charo Francés...

¿Qué más? Ah, sí, una persona decente que se ha arriesgado a decir lo que piensa y lo que siente, sin pensárselo dos veces, sin sentido de la oportunidad ni social ni política., en un lugar donde hacerlo es jugarse literalmente la vida. A su aire. Basta asomarse a las vitrinas del Koldo Mitxelena para darse cuenta de lo que digo.

¿Y qué hay en las vitrinas? Pues juguetes, muchos, antiguos y menos antiguos, y las piezas no tan desparejas como parece del rompecabezas de la propia vida dedicada a vivirla con intensidad, entregada a la pasión creadora: libros editados, manuscritos rechazados, pruebas documentales de sus diversos empeños, miniaturas, óleos y acuarelas, papeles de identidad... Una vida nada fácil la suya, aunque ahora la cuente de manera festiva tanto en las vitrinas como en el texto ejemplar que sostiene el catálogo.

A la vista de las vitrinas de “De boca en oca” nunca he tenido tan claro que toda colección equivale a una autobiografía y que si se piezas desparejas de un rompecabezas, del rompecabezas que se abre en cada casilla del juego de la oca: la vieja Pamplona, París, San Sebastián y al final, Matute, en La Rioja, donde Mina se ha currado su casa de la vida hasta conseguir que en su patio haya un pequeño estanque con nenúfares (las vitrinas con sus colecciones ya están tardando).

¿Para cuándo su ensayo sobre las cosas, las colecciones y la furia del trapero como la llama él?

El artista nos está contando una vida, la suya, que puede ser la nuestra, que lo es en parte. Nuestras nadas poco difieren y es fácil reconocerse en esas reliquias del pasado que hemos tenido muchos, la mayoría. Ahí está Javier Mina, escritor, artista, persona, pero están recordadas de manera generosa y agradecida mucha más gente.

Era hermoso oír cómo los visitantes exclamaban: “¡Anda, mira! ¿Te acuerdas?”. Los juguetes, los objetos, los textos, las pruebas documentales, les remitían a episodios de la propia vida, no por fuerza de la infancia.

Compartir unos recuerdos, ejercitar en ello la memoria más que en las pruebas fehacientes de la indignidad humana, es una maniobra de reconciliación, un ejercicio de fraternidad. Son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

Detrás de lo montado por Javier Mina hay algo grande: el esfuerzo de una vida en la que se han tocado muchos palos, no siempre ni mucho menos con el viento a favor. Una vida y una obra llena de coraje. Admirable. Conozco a Javier Mina desde hace demasiados años como para ser ni remotamente imparcial. Así que si digo que es un gran tipo, están en su derecho de no creerme; y si añado que tiene talento a raudales, lo mismo. Y si sostengo que como relato de la propia vida o como instalación, De boca a oca me parece magistral, porque está contada con esa verdad que parece haber desertado para siempre de los relatos autobiográficos, hagan si pueden el viaje y compruébenlo por sí mismos.

jueves 26 de noviembre de 2009

EL VUELO DE LOS ESTORNINOS

FUE Claude Roy quien al intentar explicarse la errancia de Malcolm Lowry -Extremo Oriente, Nueva York, España, Oaxaca, Cuernavaca, Nueva Orleans, Sicilia, Roma, París., Londres..- y su poca afición a las crónicas viajeras, citó al naturalista Alphonse Tousseneul cuando este habla del vuelo de los estorninos: "Se echan a volar para no estar donde están, más que para estar en otra parte". Esa podía ser una buena divisa de desarraigados y de inadaptados.

A SAN SEBASTIÁN, DE LA MANO DE LOWRY

HOY toca ir a San Sebastián a hablar de Malcolm Lowry. Menos mal que no pertenezco ni de lejos a la cofradía de los incondicionales de Lowry. Nunca me han entusiasmado sus borracheras ni las páginas más oscuras de Bajo el volcán, en las que la superposición de las alegorías, las correspondencias, las claves, se hace niebla. No siempre resulta fácil ni posible descifrarlas. Eso lo sabía Lowry cuando escribió su única gran novela, aunque su intención no fuera la de abrumar a sus lectores. Así lo dice en el impagable prólogo que escribió para la edición francesa del libro y que reproduce la carta que le envió a Albert Erskine, su editor, cuando se enfrentaba a un nuevo rechazo.
Sin embargo, tengo que reconocer que hay algunas páginas, tanto en Bajo el volcán como en otros textos embrionarios, a las que he vuelto de manera recurrente: esas en las que Lowry era consciente de su propio extravío y buscaba ponerse a salvo - como se ve en En el sendero del bosque que llevaba a la fuente-, consiguiéndolo a ratos, o apenas, pero lo suficiente para seguir escribiendo miles de páginas, a pesar de los imponderables, el infortunio y de la mala suerte que acaba con él. Consciente de su fracaso secreto, Lowry no daba su brazo a torcer y aunque fuera de manera pendular iba de las furias autodestructivas a los afanes creativos no menos furiosos, para regresar a las primeras. Prefiero esa cara de la luna a los grandes momentos de naufragio en el confesonario de las tabernas que tanto admira la gente de orden y hasta los abstemios. No hace falta ser dipsómano para apreciar la literatura de Lowry.

miércoles 25 de noviembre de 2009

PHILIP MARLOWE Y SU CRÓNICA NEGRA

ANDO estos días leyendo las andanzas de Philip Marlowe. Más por obligación que por devoción. Su desparpajo, su impertinencia y su expresión desabrida me acaba cargando. Demasiado detectivesco todo. Convencional y excesivo. El escenario es muy distinto al urbano y hollywoodiense que utilizó Chandler. Y desde que Marlowe fumaba, bebía y tropezaba con rubias o morenas de largas piernas, la crónica negra se ha desplazado hacia zonas todavía más sombrías de la sociedad y ocupa las páginas de economía y sociedad, más que de sucesos. El crimen organizado goza de buena salud. Se me ocurre que esta región fronteriza tiene su propia crónica negra poco o no del todo desarrollada de manera literaria: décadas de contrabando -Los centauros del Pirineo, de Urabayen, y La cuerda rota, de Pablo Antoñana- no siempre, no por fuerza inocente, ajustes de cuentas, omertá, enigmas sin resolver -¿eran o no de Ben Barka y de su secretaria, los cadáveres aparecidos en Ituren hace cuarenta años?-, tráfico de personas -de portugueses a chinos, pasando por los judíos de 1941, por no hablar de la brujería o de la exclusión social de los agotes -un espeso silencio todavía ahora-, andanzas americanas y muchas fugas... la frontera y su cara menos amable. Quien la vive calla, quien está de paso, está de paso y escucha, pero para él son historias ajenas. Y el tiempo pasa y la historia duerme.


lunes 23 de noviembre de 2009

EN BAZTÁN, CON VIENTO SUR

DE nuevo en Baztán. Desde la ventana veo las cumbres y collados donde están las mugas con Francia, del Auza a Peña de Alba. La piedra de aquí, casi morada, contrasta con los verdes y estos con los pardos oscuros de los helechales. El sábado sopló un vendaval de viento sur que arrancaba contraventanas y pelaba los árboles, armando remolinos de hojas. Un viento que en euskera se llama haizegoa, que dicen hace que la gente camine aireratu, lo que equivale a un andar como si no pisaras el suelo y con el cerebro alquilado a los disparates (eso decía Torres Villarroel en “De las comidas y las cenas”). Aquí suelen decir que es el tiempo de los suicidas. “Empirismos rurales”, apostillaba un filósofo que algo sabe de vivir en esta tierra tan propicia a los lirismos paisajísticos y que puede resultar tan oscura, si cometes el error de meterte en una vida que no es la tuya. No sé si es el tiempo de los suicidas. Sólo sé que es el tiempo de las escopetas, de las migraciones de aves que huyen del invierno, de las malvices y becadas que en las hondonadas del bosque tienen ese vuelo inigualable, vertical, y en el plato saben a bosque, en palabras de Cunqueiro/Castroviejo. Castroviejo escribía del otoño como nadie. Tenía una forma entusiástica de celebrar la vida, su vida, en tiempos que para otros resultaban muy sombríos. Eso siempre pasa en los afanes literarios. Depende de hacia donde miremos. Como ahora mismo, digan lo que digan los profetas de los malos tiempos.


jueves 19 de noviembre de 2009

LA FLOR DE ARENA DE MI HERMANA MARÍA

ESTA tarde he estado en la presentación de un libro de mi hermana María, en el marco, rancio e incomparable, del Nuevo Casino de Pamplona, donde se celebra el baile de la alpargata y donde además de jugarse las pestañas, se escachaban famas como deporte rural de elite.
Vale poco o no vale nada que hables con entusiasmo de un trabajo hecho por alguien hacia quien sientes amor fraternal, pero bueno, para entendernos sirve. Mi sentido de lo que hay que hacer o decir, y lo que no, del cómo y el cuándo, anda cada vez más vacilante. El don de la inoportunidad puede ser una bendición.
La flor de arena es un libro menos didáctico de lo que hacen sospechar los juegos que lo acompañan, para lectores de cinco a cien años que trata de las relaciones entre abuelos y nietos, entre nietos y abuelos, que trata en definitiva de la vejez y de la infancia, y del tiempo, de la arena que lo simboliza y lo mide, y que se escurre entre los dedos. Algo de lo que no se habla mucho: qué es para un niño un viejo, cuáles son las relaciones que se establecen entre ellos, y que significa para el niño el envejecer de esas personas que tiene cerca y a cuya decadencia forzosa asiste, de manera muy próxima en ocasiones.
A mí me ha parecido un buen relato, ilustrado con garra, con alegría, pero ya digo que lo que yo estime, hermano de la autora, poco importa. Me gustaría saber qué piensan de esas páginas los lectores menudos, siempre más perspicaces de lo que parece, que son sus protagonistas, dentro y fuera de las páginas, y a quienes es tradición educar en el tener todo el tiempo por delante.
Me crecen los enanos. Pero esta es otra historia.

EL TIEMPO EN NAVARRA

UN azar me ha hecho compartir un breve viaje con una joven inmigrante latinoamericana sin papeles que ha venido a España con su hija a buscarse la vida. El panorama que se ha encontrado es de puertas cerradas y de lugares de trabajo en los que le habían dicho que necesitaban operarias y donde no necesitan a nadie. Me preguntaba a ver si yo sabía de algún puesto de trabajo, "de lo que fuera", incrédula de que no supiera nada. Me preguntaba si en Barcelona habría más oferta de trabajo porque el pueblo del que veníamos es muy pequeño y no había nada para ella, cosa en la que no le faltaba razón. No tengo ni idea de si en Barcelona hay más trabajo que en Navarra. Las estadísticas dicen que Navarra es un territorio privilegiado, pero la realidad es de Expedientes de regulación de empleo, quiebras, impagados, despidos, paro (casi el 20% de los parados son inmigrantes)... Ella insiste, está segura de que tarde o temprano va a encontrar trabajo, alojamiento, un futuro para ella y para su hija... Le han dicho, le contaron, la suerte sonrío a un pariente, a un conocido. Está visto que el mito del país de la gallina de los huevos de oro sigue funcionando, aunque ese país y su gallina se haya esfumado, empapado en un miedo hecho espesa niebla que empapa conversaciones, casi un lugar común porque los profetas no suelen tener que temer. Mentiría si dijera que cuando nos hemos despedido no lo he hecho con alivio. Si te estaban pidiendo ayuda, tú no estabas en condiciones de darla.

miércoles 18 de noviembre de 2009

CALLE DE LAS COMEDIAS, CALLE

PARA mí, deambular por las calles de la ciudad vieja que fueron no ya las de mi infancia, sino las de media vida, no sirve más que para anegarme el alma en bilis negra, a la genuina de Marsilio Ficino me refiero: comercios cerrados, puertas cerradas, habitantes que ya no viven, ni ahí ni en parte alguna, sonidos que no puedes escuchar, olores que no puedes percibir... eres un fantasma que a veces te encuentras con gente de entonces, tan perdida como tú mismo, que te saluda con l parecido entusiasmo al de Estevez, el de Tabaqueria, de Pessoa:
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós, Esteves! , y el Universo/
se me reconstruye sin ideales ni esperanza, y el propietario de la tabaquería se ha sonreído.
Quedan algunos hitos, como el más antiguo castañero de la ciudad que sigue acudiendo a la "calle de las Comedias, calle "(que decía Eugenio d'Ors), aunque no a la misma esquina. Y el café Roch, que lo pintó como nadie Pello Azketa, abre su puerta como entonces, como hace cuarenta años, cuando El Cestas (que daría nombre a uno de los personajes más gloriosos de Enrique Murillo "Simonides Sindicate" en Jamón de Gorrión y otros comics bravos) escondía, bajo los bancos corridos de gutapercha roja, los paquetes de panfletos de las panfletadas que caían del cielo desde un desván sobre un mar sabatino de boinas de agricultores, ganaderos y tratantes sobre el que flotaba una niebla de humo de farias. Y también escondía otras cosas, menos inofensivas. Habrá que empezar a contar de aquellos lodos.
Llegué tarde a fotografiar la enseña modernista de Casa Cuevas, la taberna de anarquistas y taurinos, donde según José María de Azcona, un voluntario del requeté, un día, tomando vinos, descubrió que no era tan rojo como pensaba... La frecuentaba Galo Vierge, el autor de Los culpables, uno de los pocos testimonios que existen sobre el terror de la retaguardia en Navarra.
Por cierto, que ayer, dando vueltas por ese laberinto, me di cuenta de que en los muros de la iglesia de San Agustín han puesto una placa que recuerda que ahí y en 1523, fue armado caballero de Santiago Garcilaso de la Vega. Tal vez por eso la escogió D'Ors para montar en ese escenario su mojiganga de caballero de la Falange (de la que se hablará).

MANI-FIESTA-ACCIÓN Y SÁLVESE QUIEN PUEDA

Fotografía Javier Bergasa en Diario de Noticias

AYER tarde estuve en una asamblea convocada por alumnos y ex alumnos de artes escénicas en la Escuela Navarra de Teatro. Se trataba de organizar una manifestación, MANI-FIESTA-ACCIÓN la llaman ellos, en protesta, entre otras cosas, por la falta de fondos públicos suficientes para sostener lo que en cualquier otra comunidad hubiese sido ya una Escuela Oficial de Artes Escénicas, pero que en la Comunidad Foral del Kulturismo sigue siendo un montaje privado escaso de los fondos necesarios para atender la demanda y las actividades que tiene esa Escuela desde hace 25 años.
La gente del teatro se echa a las calles al grito de "¡Manda narices!" y por lo menos anima estas, tristes, muy barridas, cada vez más impersonales.
En la asamblea, de mi generación no había nadie: ni pintores, ni músicos, ni poetas, ni fotógrafos, ni periodistas culturales, ni gente de cine, nadie. Sólo aquellos actores jóvenes llenos de entusiasmo y de ganas, y algunos profesores. El pesebre tira mucho. Tira demasiado. Y el puesto, en el que no hay de desentonar, sino desde el que hay que apoyar la política cultural vacua y abusiva de la derecha cateta.
Resultaba deprimente no por ellos, por los jóvenes, porque hace falta mucho entusiasmo y mucha una energía para echarse a la calle a hablar de cultura para todos en una época de cultura-espectáculo de lujo y cultura-negocio, sino por nosotros que llenábamos salas de exposiciones, recitales de poesía, conferencias... lo que hubiera, en aquella ciudad tan distinta a la de hoy.
Hace mucho que el cornetín de órdenes tocó a "¡Sálvese quien pueda!".

Yolanda y "Yo, Landa", por Javier Eder.