EN 1979, publiqué mi primer libro, de poemas, y por ese motivo hice varios viajes a Barcelona. En uno de ellos aproveché para llevar en propia mano un artículo sobre esta novela de Modiano, que empezaba a editarse en castellano por entonces, a la revista Camp de l'Arpa, en la que fue publicado aquel año, algo que, por lo que significaba para los de mi generación la revista, fue para mí una gran cosa. No era fácil publicar artículos literarios. Poco después, publiqué otro artículo sobre Modiano, en ERE, una revista de información general que se editaba en San Sebastián. En mi primera novela, Los papeles del ilusionista –título sacado del Adiós a Gonzaga, el epílogo al Fuego fatuo, mi libro preferido de Pierre Drieu La Rochelle-, hay rastros, citas más o menos encubiertas, de aquella primeriza fascinación por la obra de Patrick Modiano.Y algo más que rastros, supongo, si me detengo en las páginas de Villa Triste en las que su autor habla de la indecisión, de la falta de futuro y de presente de ese narrador que arrastra unas maletas repletas de anuarios telefónicos y cuya vida gira en torno a dos personajes que le acogen en su oscuridad y en su suerte echada y tan perdida como los personajes de Mac Orlan de los que hablaba ayer: René Meinthe e Yvonne Jacquet.
Han pasado más de treinta años desde que leí el primer libro de Modiano y ahora, más que entusiasmo, sigo teniendo hacia su obra una cierta fidelidad, aunque en ocasiones me irrite y me parezca en exceso previsible, números sucesivos de ilusionismo narrativo que crea intrigas condenadas de antemano a no verse resueltas.Volver sobre la huella de los propios pasos, cuando estos fueron indecisos o de sonámbulo conduce al extravío, nunca son impunes.
Volver a leer ciertos libros es regresar a la época en la que fueron descubiertos, al entusiasmo primero. A eso se refería Marcel Proust cuando en El tiempo recobrado, habla de “primeras ediciones”.
Decía Modiano que diez años es tiempo más que suficiente para olvidar hasta el estado civil de las personas que han contado en nuestra vida. No estoy tan seguro. Pero treinta años es mucho tiempo, el suficiente no para olvidar, sino para recordar por recordar incluso.
Puedo preguntarme dónde están las personas que contaron en mi vida entonces, con alguna de las cuales hablé mucho de Modiano y de su mundo de sombras. Unas desaparecieron, se fueron para siempre; otras, las menos, son caras perdidas, y otras siguen siendo regalos de la vida. Aunque quisiera, no podría regresar a los escenarios precisos de aquellos años. Hace tiempo que sé que ya no existen, cuando menos en la geografía en la que me muevo: derribos, fallecimientos, cambios de domicilio o de destino. Ahora son escenarios de papel.
El tiempo, la indecisión, los espejismos, los errores y la mala suerte son temas de fondo de la obra modianesca. Modiano encarna el personaje que nunca sucumbe a los naufragios, que está a punto, que pudo caer, pero que de una manera casi milagrosa, por un puro embate del azar, se salvó de ahogarse, de desaparecer o de que uno de aquellos ambientes turbios, en los que por sí mismo o por inercia familiar se movía, se lo tragara. Cosa que pasa en Villa Triste. El narrador puede regresar en busca de lo que fue porque está a salvo.
Perecer o perderse en esos terrenos donde vive la gente que lo hace a contrapelo, siempre a un paso de la catástrofe, es el verdadero riesgo y el argumento de esas historias condenadas a terminar mal, incluso para los que creen haberse salvado.
Lo mismo que me pasa con Lunar caustic, donde Lowry habla del susurro de las oportunidades perdidas, en las páginas finales de Villa Triste hay un pasaje del que me he acordado de manera recurrente a la hora de los recuentos de lo que, por error o falta de decisión, pudo haber sido y no es, muchas veces por fortuna, por auténtica suerte: "...vivía ese momento de la juventud en el que pronto todo va a dar un vuelco, en el que va a ser un poco demasiado tarde para todo. El barco está todavía atracado, basta con cruzar la pasarela, quedan unos minutos... os entra un agradable anquilosamiento".
Decía Modiano que diez años es tiempo más que suficiente para olvidar hasta el estado civil de las personas que han contado en nuestra vida. No estoy tan seguro. Pero treinta años es mucho tiempo, el suficiente no para olvidar, sino para recordar por recordar incluso.
Puedo preguntarme dónde están las personas que contaron en mi vida entonces, con alguna de las cuales hablé mucho de Modiano y de su mundo de sombras. Unas desaparecieron, se fueron para siempre; otras, las menos, son caras perdidas, y otras siguen siendo regalos de la vida. Aunque quisiera, no podría regresar a los escenarios precisos de aquellos años. Hace tiempo que sé que ya no existen, cuando menos en la geografía en la que me muevo: derribos, fallecimientos, cambios de domicilio o de destino. Ahora son escenarios de papel.
El tiempo, la indecisión, los espejismos, los errores y la mala suerte son temas de fondo de la obra modianesca. Modiano encarna el personaje que nunca sucumbe a los naufragios, que está a punto, que pudo caer, pero que de una manera casi milagrosa, por un puro embate del azar, se salvó de ahogarse, de desaparecer o de que uno de aquellos ambientes turbios, en los que por sí mismo o por inercia familiar se movía, se lo tragara. Cosa que pasa en Villa Triste. El narrador puede regresar en busca de lo que fue porque está a salvo.Perecer o perderse en esos terrenos donde vive la gente que lo hace a contrapelo, siempre a un paso de la catástrofe, es el verdadero riesgo y el argumento de esas historias condenadas a terminar mal, incluso para los que creen haberse salvado.
Lo mismo que me pasa con Lunar caustic, donde Lowry habla del susurro de las oportunidades perdidas, en las páginas finales de Villa Triste hay un pasaje del que me he acordado de manera recurrente a la hora de los recuentos de lo que, por error o falta de decisión, pudo haber sido y no es, muchas veces por fortuna, por auténtica suerte: "...vivía ese momento de la juventud en el que pronto todo va a dar un vuelco, en el que va a ser un poco demasiado tarde para todo. El barco está todavía atracado, basta con cruzar la pasarela, quedan unos minutos... os entra un agradable anquilosamiento".
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