lunes, 21 de febrero de 2011

Y DALE CON LAS CAMPANAS

HOY, para animar el ambiente, también tocaban a muerto las campanas. Un día de esos foscos, foscos. Encogía el alma, la verdad. Igual ese es el sentido de ese toque -¿Por qué había que contar hasta dieciséis entre cada sacudida de la soga?-: que se te encoja el alma, aunque en realidad lo que se te encoge, y de qué modo, es el cuerpo y se te aprieta el sielso. Mala tarde para ir a dar tierra a un propio. Pero no hay otra.
Es más tarde de lo que crees, eso seguro, y esas campanas están tocando a aparejar.
Apareja que no es poco, y delira, que acertarás, que es lo que hace un buen amigo de una cordura fuera de lo común, delirar, y acierta: la envidiable y endiablada lucidez del delirio.
Leía esta mañana un pequeño texto de Léo Ferré sobre la fabricación y la necesidad de ídolos sociales, mediáticos; un texto no muy conocido, de 1965, publicado en el número 5 de la revista Janus (mítica... hasta que no la he visto en internet no tenía ni repajolera idea de su existencia, pero para quedar bien hay que decir que la leías mientras te daban de mamar o poco menos): "Los ídolos no existen".
Tiene un comienzo glorioso, muy burlesco (lo de la soledad poblada se lo leí a François Mauriac) sobre ese horror tan común a vivir fuera del cogollito, del petit-noyau, del arrimo de la tribu que te haya tocado en suerte o en la que hayas entrado a punta de navaja (esto lo explicaba muy bien Rafael Chirbes), porque al que se va y se queda fuera, lo borran de la lista y ay, joder, en el mundo en que vivimos eso equivale a la muerte en vida. Los marginales están proscritos, salvo que nos den el espectáculo arrevistado (Manolita Chen de la vida culta) o les podamos sacar algo.

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