lunes 26 de septiembre de 2011

LABOR OMNIA VINCIT

El hombre gordo (famoso), de Ron Mueck

NO estoy tan seguro de que lo que encierra el proverbio latino sea ni remotamente cierto. En ocasiones no hay trabajo que valga como no sea el trabajo mismo hecho tótem: el hamster en su jaula, en su ruedita, dale que te pego. Ni trabajo ni Mozart ni horas de lectura ni caminata por el bosque, ni Prozac o similares, y mucho menos la escritura: bálsamos del tigre, como mucho.
Y por seguir con Blake: “La abeja laboriosa no tiene tiempo para la tristeza”. Y no lo tiene, y tú tampoco, aunque no seas una abeja.
Te gustaría saber de los motivos por los que estás en ese rincón, en el fondo de un pozo, rodeado de un muro infranqueable, pero no lo sabes o no del todo, y casi mejor, o sí, sí lo sabes, y tanto que lo sabes: “Una vida echada a perder... a ver a quién le cuentas eso”, me dice el amigo Basurde, el del laberinto de la ciudad vieja, envuelto en olor a mucho vino y a marihuana hidropónica.
Lo propio de la depresión es que tus motivos, de conocerlos y poder nombrarlos, dejan de serlo y de tener consistencia alguna, cuando son escuchados (con más o menos atención) por quien ni padece ni ha padecido jamás una depresión y por tanto nada sabe de ese estado, salvo lo que viene en los manuales, pero se siente obligado a dar ánimos a jalear en una carrera que sabe perdida, terminada hace mucho, hace días, en otro sueño acaso.
Antton Basurde, el otro día, disfrazado de zaldiko maldiko.

1 comentarios:

su dijo...

Nadie puede entender esa enfermedad hasta que la ha tenido, yo la he sufrido en mi madre, durante toda mi vida, y ahora en mi hermana. Es una impotencia terrible no poder ayudarles más que escuchando y con la compañía. A pesar de haber vivido esa enfermedad tan cerca hay muchas veces que no la entiendo. Creo que es una de las cosas peores que puedes tener.