domingo 2 de octubre de 2011

LA MARI BLANCA

CADA vez que paso por delante de esa escultura me acuerdo de una profesora australiana de Historia del Arte con la que coincidí en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en 1990. Blasonaba de ser la persona que más sabía en el mundo, ahí es nada, carajo, sobre el pintor Luis Paret y Alcázar, y negaba que este fuese el autor de escultura o grupo escultórico o arquitectónico alguno. Será. Por mí... Es mejor no discutir ni porfiar con quien está poseído de la Verdad. No sirve más que para cortarse la digestión.
La Mari-Blanca, obra de Paret, me recuerda la auctoritas destemplada de aquella mujer joven que ya será vieja, y me parece el ejemplo más acabado de la arrogancia que gasta la casta académica cuando convierte su parcela de conocimiento en un cortijo, keep out, en una pica en Flandes. Lo que yo ignoro no puede saberlo nadie. Ese es el gran secreto de la gente docta.